Baja California goza de una riqueza cultural, climatológica y biológica imponente, casi ecléctica. Es una tierra fértil en todos sentidos, con distintos mesoclimas y ecosistemas que ofrecen productos de calidad magnífica. Se baña por dos litorales oceánicos que brindan un sinnúmero de especies marinas y cuenta con un complejo sistema de sierras y parajes áridos ricos en plantas endémicas y valles prolíficos donde crecen flora y fauna diversos.
Su historia gastronómica se remite a una próspera mezcla cultural; a pesar de que grupos indígenas como los paipai, kumiai y cucapás habitan la zona desde hace siglos, no existe una cocina étnica dominante. En algún punto el norte sufrió de olvido histórico y por esta causa, entre otras, Baja California no guarda los parámetros convencionales de la cocina mexicana tradicional ni el mestizaje indígena-hispano; no existió ni existe el clima para cultivar
ingredientes propios de la cocina del centro del país, ni tampoco el deseo de adquirirlos. En Baja California sucede un sincretismo culinario natural, como parte de un proceso social, cultural e histórico, que se delimita por su misma geografía pero que integra a los productos de la región con las cocinas regionales de México y las culturas extranjeras que conviven en él:
Mexicanos de distintas partes del país que llegan a Tijuana para introducirse a Estados Unidos, los rusos que llegaron a su "tierra prometida" huyendo de la persecución zarista, los chinos y filipinos que llegaron con la ruta del Galeón de Manila, los norteamericanos que buscan un estilo de vida mediterráneo y los inmigrantes europeos de Italia y Francia que escapaban de
la Segunda Guerra Mundial. El fenómeno evolutivo de la Cocina de Baja California recién comienza. Está en nuestras manos proponerla y cuidar de ella, fomentarla e investigarla, pero sobre todo, representarla con honor y profundo respeto.